Relatos Absurdos

Mi historia de bits

25 de Septiembre, 2026

Deep in the Caribbean

Recuerdo mi primer ordenador, que en realidad era de mi padre. Era un 386 con MS-DOS instalado y algunas aplicaciones. Recuerdo usarlo con mi padre y mi hermana para escribir en un editor de texto, hacer invitaciones con imágenes, y por supuesto para jugar a videojuegos. No muchos porque no teníamos ni a mis padres les parecía bien.

Recuerdo el impacto que me causó la primera vez que vi Windows 3.1 en casa de un amigo de mis padres (que nos pasó una copia), y el disfrute de utilizar paint por primera vez. Me encantaban los botones de las esquinas para cerrar ventanas y las barras de scrolling a los lados.

Pero sin duda lo más impactante de todo fue jugar a Monkey Island. Conseguimos una copia pirata (no sé exactamente de quien) con las fotocopias de la rueda de piratas para activarlo. Y desde el principio fue algo casi místico. El acertijo antipiratería de, la música, los créditos, los personajes, los gráficos… Todo fue un deleite y mi obsesión durante mucho tiempo fue hacer un juego así.

Por supuesto que no sabía por donde empezar a hacer algo así. De algún modo sabía que se podía “programar” (estas cosas que uno aprende sin saber muy bien de quién exactamente) pero no tenía ni idea de cómo. Lo más útil al respecto fueron unos libros de la biblioteca de mi pueblo sobre “programar videojuegos” escritos para Commodore 64 en BASIC. Me los llevé a casa y los leía y soñaba con usarlos para hacer un video juego en mi ordenador. Pero ni sabía dónde había que escribir el código que venía en los libros, ni qué hacer con él. Así que ese proyecto murió rápidamente.

Años después mi padre fue uno de los primeros en el pueblo en conectar el ordenador a internet (para entonces teníamos un segundo ordenador y había disfrutado de otros muchos videojuegos). De las primeras páginas que recuerdo fue La página idiota, que mi padre encontró en una revista de algún tipo. También me causó una impresión enorme, nos reímos muchísimo y quise hacer una página web. No sabía cómo se hacía pero sabia que las presentaciones de Microsoft Office tenían links, así que junto a un compañero del colegio hicimos una “página web” a base de transparencias con enlaces de cachondeo.

No sería mucho después cuando encontré una página qué enseñaba a escribir HTML y cómo funcionaba. Y entonces sí comenzó la magia. Jugar a cambiar el color del fondo, poner imágenes y moverlas por la pantalla. Enlaces e incluso música de fondo (MIDI horrible a todo volumen) era fascinante. Y lo hacías todo escribiendo texto. Hice una página web para la casa rural de mi padre (con la ayuda de mi padre), y una página web para el hotel de mi pueblo (y nos invitaron a una comida por ello). Recuerdo pasar una noche registrando la página en todos los buscadores de entonces (Alta Vista, Yahoo! y otros cuyo nombre no recuerdo).

Aquello me animó bastante como para reflotar mis sueños de hacer una aventura gráfica. Y entonces unos grandes amigos me pasaron DIV (y después DIV 2), un entorno para desarrollo de videojuegos, con lenguaje propio, editor de gráficos y muchos juegos de ejemplo. Lo cierto es que pasé más tiempo jugando a los juegos de ejemplo que otra cosa, pero gracias a DIV aprendí todos los conceptos básicos de programación: variables, bucles, condicionales, funciones e incluso objetos. Fue increíblemente divertido aunque estuve atascado con los juegos más básicos hasta que encontré una revista online DIVnet, en la que gente entusiasta escribía sobre cómo hacer juegos con DIV. Y ahí ya pude hacer cosas un poco más complicadas.

También gracias a internet descubrí que mi viejo 386 (que ya había quedado como ordenador para hacer mis experimentos) tenía incluido un compilador de BASIC (llamado QBASIC) y pude hacer algunos programas tontos en él (aunque nunca intenté hacer los juegos de los libros de la biblioteca, que no habrían funcionado de todas formas).

Después de aquello intenté aprender JAVA (sin mucho éxito) y ya en la universidad aprendí un poco de C++ (para un curso) y Python (por cuenta propia), e incluso terminé una mini aventura gráfica con un proyecto llamado Proyecto Fénix (que fue un intento de hacer resurgir DIV por antiguos amantes del mismo). Desde entonces programaba cosas menores en mis ratos libres y siempre fue divertido.

Muchos años después conseguí un trabajo de programación (en el que aún ando ocupado) y todas esas horas de diversión ajenas a la escuela y la universidad (exceptuando el curso de C++) fueron de las más útiles de mi carrera. Y aunque programar es divertido creo que nunca fue tan divertido como haciendo las primeras páginas web, y los juegos tontos con DIV.

Pero hace unos meses el mundo de la programación cambió con la llegada de los agentes de inteligencia artificial. Al principio los usé un poco pero sin mucho éxito. Cuando en mi trabajo comenté a mi jefe que estaba interesado en usarlos de forma mejor me confesó que él (que además de manager era desarrollador activo) llevaba 3 meses sin escribir una sola línea de código.

Empecé a usarlos mucho más, y ahora soy yo el que llevo unos meses sin escribir una línea de código (aunque ahora leo y reviso mucho más que nunca y hago algunas modificaciones a mano aún). Lo cual ha sido muy inesperado, porque programar se me daba bien.

Y por otro lado, decidí que algunos proyectos que tenía muertos (fuera del trabajo es difícil sentarse con un ordenador el tiempo suficiente como para hacer algo productivo con dos niños pequeños) podían ser resucitados sin tener que usar el teclado, simplemente dando instrucciones a un agente desde mi móvil, en los ratos de 5 minutos entre llamadas de “papá“.

Y de repente vuelve a ser tan divertido y fascinante, tan lleno de posibilidades como aquellos días de escribir HTML a mano (acentos y todo) en el bloc de notas, y hacer gráficos píxel a píxel, y modificar variables para hacer trampas en los juegos de muestra de DIV.

No sé qué pasará con todo esto, pero desde luego que voy a disfrutar el momento, y quizás algún día de estos incluso reviva mi gran proyecto de aventura gráfica con la que soñaba en mi infancia. Aunque por supuesto no estará a la altura del mejor juego de todos los tiempos.